Placeres sensoriales que me sonríen este enero

Es enero de 2021, el enero de un año que en realidad comenzó en marzo, aunque las páginas en los calendarios de Gregorio insistan en lo contrario. En el hemisferio sur es verano y en un departamento en el centro de una ciudad al lado de un río marrón que está muy bajito, un poco de luz entra a iluminar el Artículo 41 de la Constitución Argentina y unas grullas de papel que vuelan al lado de las declaraciones de derechos y deberes. Suena Yann Tiersen de fondo y, en la cocina, vertiendo harina de un paquete que la proclama integral y agroecológica a un frasco de vidrio cuya tapa indica que se debe “vivir, amar y hornear”, se encuentra Agustina Galletita. La cámara se acerca hasta enfocarle la cara desbarbijada y la voz de un narrador nos cuenta:

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Activismo y esperanza: dos historias

Hace unas semanas empecé a leer La primavera silenciosa. En algunas noches en que no estoy demasiado cansada (siempre estoy cansada, no importa cuando leas esto, pero no siempre en el mismo grado de gravedad y dramatismo), abro una puertita de papel hacia el pasado y me encuentro un rato con una autora muy comprometida con la salud humana, animal, vegetal y ecosistémica toda. Ella me narra historias de ilusiones y pérdidas que incluyen explicaciones científicas y datos estadísticos, y yo intento prestarle toda la atención que puedo. Cada tanto la interrumpo para ir a preguntarle a alguien más qué es lo que me está queriendo decir cuando me habla de liposolubilidad, micrones, aldrín y dieldrín, malatión y paratión. Nunca me hace falta consultar con nadie a qué se refiere cuando califica de trágicas las muertes por envenenamiento. 

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Nos duele el humedal

Es el miércoles a la noche de un invierno ceniciento. Estamos en medio de lo que en alguna otra época eran vacaciones, otra época en la que existían cosas como el tiempo, el trabajo o los recesos. Hay paro de transporte, así que Santi y yo volvemos del bar a mi casa caminando. Nos acercamos a mi barrio y el aire está cada vez más cargado. Hay tanto humo que parece que fueran las 4 am y estuviéramos por agarrar la ruta para partir de viaje de estudios en medio de la neblina. Santi comenta el humo, yo asiento. Todo el mundo comenta el humo. El coronavirus ya no es el primer tema de conversación, aun cuando todo Rosario anda embarbijado, manteniendo los carpinchos de distancia y fregándose alcohol en gel. El cielo está teñido de gris. Huele constantemente a quemado.

Se incendian las islas. Seguir leyendo “Nos duele el humedal”

24 horas sin pantallas: reporte de experimento

El pasado domingo 10 de mayo, día 52 de la cuarentena nacional oficial (y 57 de la cuarentena familiar Galletita, gracias a esa fabulosa fiebre del 15 de marzo que nos robó 5 días) emprendí la arriesgadísima prueba de pasar un día entero (algo así como 36 reuniones de Zoom seguidas) sin mirar ninguna pantalla. ¿Puede el ser humano sobrevivir condiciones tan extremas? Seguir leyendo “24 horas sin pantallas: reporte de experimento”

¿Era más fácil? – palabras cansadas

Pinto con acuarelas de nostalgia todas las incertidumbres pasadas y elijo creer que las preguntas eran más chicas, o las respuestas más fáciles de encontrar. No, no había un video tutorial para lidiar con no ser la persona que querrías haber sido, ni había té con leche que te sanara que tus amigas te miraran perplejas, por enésima vez, porque vos, ser incomprensible, te empecinabas en ser incomprensible. Pero había salidas, ¿no? Algo recuerdo de que hubiera salidas. Seguir leyendo “¿Era más fácil? – palabras cansadas”

Mi amistad imaginaria con Albarracín

Como buena alumna argentina de primaria, sé desde chiquita que el Día del Animal es el 29 de abril. Con la naturalidad con que, en la niñez, las cosas simplemente son, desde siempre y porque sí. El agua hierve a 100 grados, el sol sale por el este y Buenos Aires es la capital. El 11 de mayo es el Día del Himno, el 18 el de la Escarapela, el 25, bueno, claro, la revolución, y por eso se come locro, igual que el 1°, que es el Día Internacional (¿qué onda el locro con eso?) del Trabajador (no, che, pero en serio, ¿qué onda el locro ahí?). En fin. Y después me cuestionan la argentinidad. La infancia -la mía, al menos- un mundo de certezas. Todo lo posterior, una revelación tras otra de que todo lo que existe ha sido construido y convenido socialmente, subjetivamente, controversialmente. El agua hierve a 100 grados dependiendo de la presión y además ¿qué escala vamos a usar?, el sol sale pero no sale porque éramos nosotros los que nos movíamos y mejor no digas eso que cae mal (eppur si muove), Buenos Aires y Buenos Ayres y unitarios y federales y sabías que quizás Rosario era capital pero no y además los caudillos y Rosas y cuando eras chica se llamaba Capital Federal pero ahora es Ciudad Autónoma y no, no sé qué implica ese cambio en la nomenclatura pero ya estoy agotada. El 29 de abril, entonces, el Día del Animal.

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Fridays for future – 15 de marzo de 2019

En 2018, una joven sueca llamada Greta Thunberg, harta de la falta de acciones gubernamentales concretas para combatir el cambio climático y aterrorizada por las expectativas que se presentan sobre el planeta en el que le tocará vivir su adultez, decidió hacer una huelga. Tenía 15 años y su ocupación principal era ser estudiante, así que faltó a clases. Sí, igual que la banda re piola en el día de la chupina (excepto en que no, nada que ver). Faltó a clases y se puso a organizar huelgas estudiantiles masivas y a inspirar marchas: primero en otras escuelas de su ciudad, luego en otras ciudades de su país y, finalmente, en otros países de su planeta, ese que quiere tanto.

Hoy Greta Thunberg tiene 16 años, y sigue faltando a clases los viernes. Su ocupación principal es liderar un movimiento internacional: Fridays for Future.

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